MANUSCRITO DE UNA COMUNIDAD OBRERA SECUESTRADA: MINAS DE ORBÓ (PALENCIA), 1.864-1.886
José Sierra Álvarez

 

El 8 de octubre de 1.885, los buenos burgueses madrileños que acostumbraban a mirarse de mañana en el complaciente espejo de La Ilustración Española y Americana debieron reprimir con dificultad un íntimo regusto de satisfacción al posar sus ojos sobre la página doscientos diez del semanario. En ella, en efecto, un amplio y cuidado reportaje ilustrado daba cuenta cabal de un triunfo más en la cumplida cosecha de la burguesía española decimonónica. Refiriéndose a un perdido y agreste rincón de la entonces como ahora muy remota montaña palentina, el señor Gil, firmante del texto y autor de los dibujos al natural que lo acompañaban, explicaba con pelos y señales el mágico proceso por el que, como por ensalmo, se había formado, allí en señales el mágico proceso por el que, como por ensalmo, se había formado, allí en donde otrora Anada A hubiera, un no por reducido menos luciente núcleo de civilización. Éstas eran sus encendidas palabras:en el vallejo de Orbó Ase ha levantado de improviso, por uno de esos milagros de las grandes industrias modernas, un pueblo de obreros, con sus cuarteles para albergar a los trabajadores, su hospital, su capilla gótica, sus oficinas, su casa-escuela, el edificio de la dirección, la fábrica de aglomerados, elegantes chátets que habitan los propietarios de las minas durante el estío, y todo cuanto acusa el movimiento, la vida, el trabajo, la actividad y la riqueza.

Pulsa para ampliar imagen
Fig.1

En el fondo, el señor Gil no dejaba de tener razón. Por encima del demiúrgico pathos de creación de un mundo nuevo en el que tan frecuentemente gustaba de reconocerse la burguesía industrial decimonónica -y que, en casos similares, tantas veces empujaba a sus corifeos a comparar sus creaciones con el far west-, lo cierto es que, en el corto plazo de menos de dos décadas, una radical mutación había acontecido allí, a un kilómetro del viejo pueblecito de Orbó y a sólo dos más de Barruelo de Santullán, otro prodigio de la industria del que los lectores de La Ilustración tenían ya noticia.. Tal es al menos la impresión si atendemos a distintos testimonios que, en las décadas centrales del siglo, nos pintaban al tramo central del Rubagón como un área de pequeñísimos núcleos que, en un pobre caserío, albergaban a un muy corto vecindario, atrapado en un terrazgo de montaña elevado y ecológicamente difícil que sólo con grandes fatigas alcanzaba a sostenerlo; hasta el punto de que, por encima de la somera trama comunicacional existente (véase Fig. 1) y del rigor de los inviernos, los campesinos de la zona parecen haberse visto obligados a intentar complementar sus escasas rentas con una significativa y nada despreciable dedicación al acarreo de efectos -y especialmente de harinas- entre Alar del Rey, cabecera del Canal de Castilla, y Reinosa, al otro lado de la divisoria cantábrica.

He ahí, pues, dos imágenes sustancialmente contrastada: una, la correspondiente a mediados del siglo XIX, evoca para nosotros un mundo "tradicional", sometido a embargo, funcionalmente abierto a través de las harinas hacia las redes del comercio colonial de la época: por su parte, la otra, la correspondiente a los años 80 de ese siglo, perfila el escenario de un mundo "moderno", extravertido y dinámico. Volcado hacia el comercio nacional de carbones y, sin embargo, socialmente cerrado, enclavado y replegado sobre sí. Entre ambas, el breve y secreto paso de una generación. Es de esa generación mutante de la que aquí se trata. Y, ante todo, de las estrategias y disciplina patronales de gestión del conflicto social y cultural que, sorda y oscuramente, enfrenta y reúne a patronos industriales y trabajadores campesinos, y que se resuelve en el nunca finalizado proceso de la habituación de la mano de obra industrial. 

 
 
1 2 3 4 5 6 7 8